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miércoles, 21 de mayo de 2008

Testimonio Fátima

Quiero empezar con una reflexión que leí en un libro y que compartí con mi grupo del camino. Esa reflexión hacía una diferencia entre caminante y peregrino.

Caminante es aquel que hace el camino por el atractivo turístico, porque le gusta caminar, la naturaleza, hacer deporte, por la riqueza cultural del camino, etc. Mientras que peregrino es aquella persona que hace el camino físico y también hace el camino interior. Lleva las etapas del camino a su vida, a su persona, vive el camino con un sentido más profundo.

Tengo que reconocer que me sentí muy peregrina antes incluso de empezar el camino, porque tenía la impresión de que había perdido algunas cosas importantes para mí. Y así empecé el camino cargando en mi mochila un profundo desencanto por algunas situaciones vividas durante el curso. Aunque iba en grupo, algún día caminé sola varios kilómetros. En esos momentos, recordaba las palabras que un día escuché a un amigo y que hacen referencia a las dificultades y cómo Jesús ante esto nos dice: “Yo no te prometí que el camino fuera fácil yo te garanticé que iba a estar contigo”.

Y teniendo presentes estas palabras afronté las circunstancias, con la certeza de que los obstáculos, aunque a veces nos duelan y nos descoloquen son oportunidades para crecer. Me abandoné al camino y aquí está el misterio más grande: abandonarse y en esta sensación se recibe una satisfacción muy grande. Porque Dios no deja de sorprender. Hay que dejarse sorprender por el camino y por la vida...sólo así se consigue ser peregrin@.

Haciendo una lectura de todo lo vivido, puedo decir que el camino es una invitación a vivir con mayor plenitud y autenticidad, una oportunidad para buscar lo esencial. Es un despertar que te enseña el aprendizaje de acoger todo lo que la vida te ofrece: una subida, una bajada, un puente, un río, un amanecer....Creo que el camino tiene mucho que ver con el amanecer, con hacer la luz y disipar la oscuridad. Una de las cosas más bonitas que recuerdo son los amaneceres.

Otra palabra que para mí está muy relacionada con el camino es la presencia. Los espacios de encuentro y de diálogo que se crean en los albergues y en todo el camino están cargados de presencias, de diversidad. Es emocionante ver cómo tantas personas de diferentes partes del mundo caminaban con una ilusión común: LLEGAR A SANTIAGO.

Después de caminar tantos kilómetros, todo el dolor, la fatiga y el cansancio se olvida al entrar en la catedral. ¡Es el gozo y la alegría de llegar a Santiago!, y pensar: “Por fin llegué, lo conseguí”. Este sentimiento te anima ahora a seguir afrontando otras etapas de la vida, pues el camino sigue. El gozo es aún mayor cuando se le da el abrazo al Apóstol, es un abrazo de reconciliación con la propia historia personal, un abrazo que tiene que ver con la comunión y con la unión.

Tengo mucho que agradecer a mis compañeras de camino (las religiosas) por demostrarme que es posible la FRATERNIDAD y la COMUNIDAD. Agradecer también a los jóvenes por demostrarme que merece la pena trabajar por el Reino.

Y para terminar decir que todo pasa, las tormentas, el dolor, la angustia...todo pasa menos el AMOR. Como dice una cita bíblica que me gusta mucho: “El amor no pasa nunca” (1 Cor 13 8)

Quienes han tenido la experiencia de sentirse Hijas de Dios y amadas por Él saben lo que estoy diciendo. Y quienes aún no han descubierto esto, invitarles y termino con la frase que decía al principio: Déjate sorprender por el camino y por la vida.

Fátima García Sánchez

Gran Canaria